Eran más
los vicios
que las virtudes.
Es más.
Eran los únicos.
Todo
lo que quería
era
que se follaran
mutuamente,
y me dejaran en paz.
No quería
que se quedaran conmigo.
Las virtudes
no son objeto de poesía
tirarnos flores
es demasiado fácil.
Hablaré de los vicios.
De todos
los que tenía.
Me gustaba vaciarme,
normalmente
con palabras.
Pero al principio
no salían
y acababa
en un duelo
contra mi misma.
No hace falta decir
quién
salía herida.
La parte ganadora
se sentía jodidamente
orgullosa.
Tranquila.
Y yo
la veía preciosa.
No solía girarme nunca
a mirar las heridas
del otro bando;
me limitaba
a correrme
pensando que había ganado.
Ese era un mal vicio.
Tenía más;
me gustaba que mis pulmones
me escupieran
las letras
para solo tener que hacer
un copia pega.
Y si no salían,
los fustigaba,
latigaba,
sobornaba,
hasta que me dieran
una puta rima
que me convenciera
al menos esa noche
de que todo estaba bien.
De que no necesitaba
más.
No quería ver
más.
No podía tener
más.
Así estuve un buen
tiempo.
Dependiendo
de que me chivaran
un verso;
y he de decir
que creo que siempre supe
que ninguno
era lo bastante
bueno.
Tenía un número de vicios
superior
al permitido.
Y por entonces
no sabía
que podían terminar
conmigo.
Y un buen día,
me resigné a caer.
Si eres muy positivo
podías autoconvencerte
que volabas, tío.
No sé de dónde,
-y esto lo digo en serio-
apareció mi último vicio.
Había leído
cosas a cerca
de milagros,
ángeles;
qué se yo,
guardianes
que te protegían
del vacío.
Pero no creía
demasiado en ellos.
Una vez tropecé
y no aparecieron a tiempo.
Pero aquello...
aquello era un jodido milagro.
Lo juro,
y odio hacerlo;
era preciosa.
Por fuera también.
Paseaba sus
palabras,
pisando lo suficientemente
fuerte,
como para dejármelas
impregnadas.
Sonreía
con una belleza,
-que me perdone
algún dios si es que
lo hay-
increíblemente superior
a cualquier otra
criatura
vista en nuestra
naturaleza.
Reía,
y a más decibelios,
más rápido quería volver
a la vida.
Hablaba
acariciando los acordes
que nunca había oído
en un sinfín
de melodías
con
y sin sentido.
Me salvó.
Borró el humo chivato
de versos,
estrofas,
y cerró las cicatrices
que aun sangraba
mi sombra.
Me enseñó a ver
en oxígeno
sin nicotina,
por ventanas
sin cortinas.
Acarició mis heridas
-las que yo
no creía fueran
mías-
y las besó.
No me gustaba
-o no acostumbraba-
a que trataran
mis daños
como algo más
que escombros que
no me apetecía barrer.
Era la primera vez
que se acercaban
a mi,
que me tocaban,
que me decían
confía
y no dolía.
No sé realmente
donde estaría
si no me hubiera
hecho volar.
No sé
qué hubiera sido.
Qué más puedo decir
para que suene
verídico.
Escribo.
19 ago 2013
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Celia Munera Pérez ©. Con la tecnología de Blogger.