Te dije quizás porque ya no me quedaban te quieros por estrenar. Cuando me hablabas de hacerlo yo solo veía la sensación que me quedaba después. Un café frío a las ocho menos diez de la mañana. Todo sabe a poco cuando desayunas solo. Y yo llevaba más de media vida haciéndolo. No sabía qué darte para que te quedaras a un par de cafés más. Cada vez que te lo ofrecía, pensaba que sería el último, y las dos lo sabíamos; cualquiera podía quedarse intacto, enfriándose, haciéndonos burla eternamente.
Me costó mucho descubrir que lo odiaba. Que lo único que me gustaba era saborear algo contigo cerca. Entonces tú dijiste aquella frase, sin anestesia, sin siquiera café, mirándome sin verme: No te quiero, ni te voy a querer nunca como tú me quieres a mi.
Tardé casi un año en transcribirla.
Hace mucho que no tengo miedo a mi pasado, que entendí que hay demasiados juegos donde apostamos sin saberlo, y yo me retiré a tiempo.
Después de ti, vino ella, o quizá fui yo.. y me enseñó, que además de un tú y un yo, existe un nosotras.