Para mi nada tenía demasiado sentido hasta que llegó ella. Y aunque pueda parecer triste, no había ni un ápice de tristeza en aquellos días. Giraba poco la cabeza porque no había nada bonito que mirar, los días pasaban, yo iba tachando los números del calendario y a fin de año lo tiraba a la basura y ponía uno nuevo.
Solo escribir me mantenía con vida, me hacía sonreír por dentro aunque cada palabra me reprochara lo tristes que parecían las rimas que dejaba a medias en cualquier parte; un post-it, una servilleta, la ultima página de la libreta de biología... no necesitaba más, o eso creía.
Por aquel entonces, no sabía escribir si no era rompiéndome y descuartizando lo que echaba de menos aún sin haberlo tenido. Hurgaba en cicatrices que yo misma me hice y que nunca dejaba cerrar del todo, por si me pillaba un domingo la resaca demasiado sola, inventarme una mierda sobre la que escribir. La esperanza, fue lo primero que perdí, acostumbraba a llevar los bolsillos descuidados y debió caérseme sin darme cuenta; o quizá se suicidó al darse cuenta de que nunca contaría con ella.
Aún me queman muchas noches en las que me despertaba de alguna pesadilla buscando un lápiz con el que apuntar alguna porquería que a la mañana me resultaría de todo menos buena. Eso sí, volvía a dormirme convencida de que había dado por fin con el verso perfecto.
Y después de años de búsqueda de perfección poética, de algo que sonara bien, de una rima que dijeras: joder, qué buena, llegaste tú, me dijiste te quiero, y supe que la poesía se esconde donde menos lo esperas, eso era lo que yo anduve buscando durante tantísimo tiempo en cualquier parte...
...y por fin lo encontré: te encontré.