Humo.

Recuerdo vagamente aquel día. Me quedaba un cigarro en la mochila. Y ni siquiera tenía mechero. Pero lo guardaba por si me cruzaba con alguien que me ofreciera fuego. Los nudillos me gritaban pidiéndome el indulto y yo entre insultos les negaba una mejor vida; no podía ofrecérsela ni mantenerla. Y hacerles falsas ilusiones no es propio de mi.

Me sudaban los ojos y las ilusiones. Ellos tristes y ellas cansadas. Por más que lo intentaban seguía arrastrando los pies sin saber muy bien dónde ir o qué hacer.

Lo único que era capaz de repetir mi cabeza era lo único en lo que no debía pensar. Era un recuerdo tartamudo, con eco, lejano, pero a la vez fuerte y doloroso. Maldita frase. 

No había nada abierto, era domingo. Sólo había taxis. Y de haber sabido dónde quería ir, hubiera cogido uno sin duda. Pero no tenía ni idea, y me negaba a repetir su dirección en voz alta. Quería olvidarme del número de su portal, del poeta que daba nombre a su calle, de cuántos escalones habían hasta su puerta.

Intenté escribir, por aquello de que en momentos de desacuerdo con el mundo, solemos estar más inspirados, pero una lágrima corrió la primera palabra de aquella maldita frase que se suponía debía olvidar. Ya no tenía nada más que un no emborronado que me hacía burla y eso debía ser suficiente como respuesta a todas las preguntas que me iba disparando incoherentemente mi cabeza: no.

Y me prometí no escribir más sobre aquel día; mejor dicho, no escribir. Pero hoy me he cruzado con la frase en mi ipod. En los borradores. Sigue intacta, tan afilada como aquel día, tan cortante. Pero ya no duele, la he esquivado, y no he vuelto a hundirme en el recuerdo de tu sofá, ni a sentir tu mirada de falsa piedad en mi nuca.

Es más, son mis ojos los que se empeñan en compadecerse de tus miserias. Incluso mi cabeza se planteaba ayudarte si lo necesitabas.. pero ¿sabes?, ya no me acuerdo del número de tu portal, del poeta que da nombre a tu calle, de cuántos escalones hay hasta tu puerta... y no tengo forma de llegar hasta ti, ni siquiera para regalarte un último gesto de ánimo.



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Celia Munera Pérez ©. Con la tecnología de Blogger.