Pinté todas sus calles con mis suspiros, asegurándome así de que cada paso que diera, tuviera suficiente oxígeno. He cometido excesos en sus callejones y faltas de ortografía en sus esquinas. Pero a quién puede importarle eso ahora. Ni siquiera a mi. Aunque me multaran setenta y siete veces seguidas, sé que volvería a ponerme a más de cien por todas y cada una de sus autopistas. Porque es inevitable. Y porque no soy yo la que manda. Ella cambia las marchas y elige cuánto apretar el acelerador. 

Se convirtió en mi ciudad antes siquiera de haberla visitado formalmente. Y ahora considero sus cimientos mis principios y sus límites pequeños precipicios de los que disfruto a veces. Bueno, miento, siempre.

Y es lo único que quiero y necesito. Vivirla, recorrerla, descubrir algún punto débil nuevo, re-descubrir las sensaciones que provocaron el roce de las alas de sus mariposas en mi estómago la primera noche y las mil siguientes.

Porque aun creyendo que no existía mi sitio, lo encontré en sus brazos.



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Celia Munera Pérez ©. Con la tecnología de Blogger.