Aprendí a callar. 
A guardarme tus porqués 
y mis ojalás

A disfrazar
nuestras mentiras
con un quizás
tan lejano
como el cigarro
que te devolví
porque lo había dejado.

Te veía tan tú
que mi propio yo 
huía.
No quería otro
interrogante
que esquivar
o que saldar
con más mentiras.

Siempre
tenía en números rojos
tus nuncas;
te debía demasiados,
porque yo jamás
me atreví
a negarte nada
por si acaso.

Por eso
mis labios
están sellados.
Porque he aprendido
que siempre
ganan los malos;
que se me va la fuerza
por la boca,
y prefiero
parecerlo
a demostrar
que soy idiota.



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Celia Munera Pérez ©. Con la tecnología de Blogger.