Aprendí a ilusionarme sólo cuando estuvieras llegando, porque el tiempo me enseñó que a veces no llegabas tarde; simplemente no venías, y cuatro de las tres veces eran otros los que te retenían.

Nunca me han gustado las estaciones de tren, y ahora las odio. No puedo pasearme por ningún andén sin tropezarme con los pedacitos de mí misma que voy perdiendo en cada despedida. Y sé que tú eres igual. Aunque no te guste reconocerlo, aunque me niegues la posibilidad, yo te he visto romperte antes de ver cómo te ibas.

Lo que tú no sabes es que colecciono esos pedacitos y te los voy devolviendo a plazos, como se pagan las cosas valiosas que nunca llegamos a poseer del todo. Y no me importa no poseerte, porque es mejor que tú misma quieras ser mía.



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Celia Munera Pérez ©. Con la tecnología de Blogger.