A veces camino con los cordones desatados, desobedeciendo a mi madre hace doce años, cuando me advertía de que caería. Ella no dudaba; no era un puedes caerte, sino un caerás. Pero yo por aquel entonces, -y por este ahora- no controlaba muy bien los tiempos verbales y creía -creo- controlar mis pasos.
Otras veces hago alarde de mi imprudencia corriendo. Pero esto no es relevante. Y ellos sólo se preguntan por qué no tengo un puto minuto para agacharme y atármelos; por qué no me paro a hacerme un nudo, en lugar de intentar entender hacia dónde voy. Aunque supongo que tampoco les interesa demasiado.
Prefiero arriesgarme a caer que a llegar tarde, las cosas como son.
¿Sabes?, últimamente escribo fijándome más en las comas. Siempre abuso de ellas y tú me lo recuerdas cada vez que me lees. Curioso. Voy por la vida corriendo sin hacer pausas y cuando escribo me empeño en coger aire, como si fuera a decir algo importante. No tienes ni idea de las comas que estoy borrando. Casi siempre las pongo antes de la y, quizá lo hace mi subconsciente a propósito para que vengas a explicarme que la frase sigue y no se corta. Que hay algo más que decir.
Aunque hoy, si tengo algo más que decir, prefiero que sea luego, a media voz.