Urbana.


Sé que llego más pronto que nunca, pero entiéndeme. No me perdonaría llegar tarde a tu sonrisa de las siete de la tarde. El atardecer la espera como excusa para intentar ser un poco más bonito, menos triste. 

He tenido que esquivar varios semáforos en ámbar y un par de peatones lentos; también he tenido que contarle un cuento chino al japonés de la esquina para convencerle de que tú no quieres las rosas de plástico que él vende, intentando que entendiera que solo te gustan los claveles blancos. Él insistía.

No sabes cuánto me ha costado que en el paso de cebra que hay dos calles más abajo de la tuya, un coche parara. Y ha sido misión imposible deshacerme de los de la ONG que para frente a la Fnac. Me he subscrito, no sé ni a qué. Era más rápido y fácil que contarles que no sé cómo voy a pagarlo porque soy una estudiante pobre que todo lo que gana se lo gasta en huir contigo.

Aún así iba escribiéndote en WhatsApp y cogiendo propaganda; abogados cuya primera consulta era gratuita, limpiezas dentales, seguros de vida, compro/vendo oro y gimnasios para todos los gustos. Pero en esos papeles de arrugados no estaba lo que yo necesitaba. Además estaba empezando a sudar con las prisas y se me subían los gemelos.

Al final, sin saber ni cómo, estoy frente a tu puerta, sin claveles blancos ni rosas de plástico, no tengo nada más que mi respiración agitada por la cuesta que hay que subir para llegar a tu casa, y un reloj morado que sonríe premiándome con media hora más de dosis de ti.

Acabo de escribirte un WhatsApp: bonita, creo que el sol no va a tener cojones de irse si no lo despides tú. Pones la alarma antes de salir, solo para que no te haga volver para activarla y con tus andares y tu sonrisa, me desmontas casi al mismo tiempo que me rozas.

Te contaría lo que viene luego, 
pero lo sabemos las dos.

Un beso,
dos.

Adiós sol.

La noche es nuestra, ¿no?



Leave a Reply

Celia Munera Pérez ©. Con la tecnología de Blogger.