Es otra vez 1 de octubre, y ya no tengo lágrimas por estrenar, solo sonrisas por abrir, y créeme que no hay mejor regalo. Voy asumiendo las cosas tal cual vienen, y en este nido de palabras que he ido haciéndome -haciéndonos- ya no paso frío nunca. No he comprado ningún reloj, porque son tus latidos los que marcan el paso del tiempo. Tampoco es que haya mucho sitio, pero para qué queremos más, ¿no?
Tal vez ahora que somos dos, el futuro nos tenga reservado algo mejor todavía, tal vez cada 1 de octubre o cada 7 de enero, estemos más cerca de comprobar que nuestra fe no se equivoca, que si me lo cuentan tus ojos yo me lo creo, aunque me hables de volar. Y si me asomo a tus pupilas ya no tengo vértigo, solo ganas de precipitarme para saber qué se siente atada a tu mirada.
Créeme si te digo que ya no me quedan miedos. Los he ido perdiendo en cada tarta, con cada soplo, un año más, dos miedos menos. Y así son las proporciones conmigo, desproporcionadas; por eso no puedo decirte cuánto te quiero ni de qué manera.
Dejo los 19, y me planto en la veintena. Y aunque a veces te diga que no quiero tener canas ni arrugas, lo único que no quiero es despertarme sin ti. Quiero cumplir más, y que seas tú quien me traiga una magdalena -sin chocolate, por favor- a la cama con una sola vela y me digas que ya no te caben todas las que sumo en una superficie tan pequeña.
Aunque si te soy sincera,
no sé qué pediré cuando sople
las velas
y tú estés a mi lado.