Nunca me gustó.
Todos los besos que me robó
tenían un regusto a licor malo,
caducado.
Nunca consentí el roce,
el contacto que hubo
fue por su parte,
en pequeños abusos
y grandes desplantes.
Sus promesas eran mierda,
y su coño vomitaba amargura,
su voz conseguía -a veces-
hacerme prestar atención
a su puta palabrería.
Se quitaba la ropa
y me miraba
con cara de zorra,
me prometía los mejores
polvos de mi vida.
No la necesitaba,
ni quería hacerlo,
tenía
mejores sabores
mejores cuerpos.
Pero (esa puta palabra que lo cambia todo)
una noche,
no tenía más opción
que su cariño,
su tacto áspero,
sus manos expertas.
Y a modo despecho,
me la follé.
Fue el peor polvo
de mi vida,
pero al terminar
tuve una extraña sensación
de libertad.
Descubrí
que no era mala compañera,
que sabía abrir mis cicatrices
al mismo tiempo
que mis piernas,
y no dolía.
La puta soledad,
después de todo,
era la única
que no me abandonaría.
7 oct 2013
· [Print]
Celia Munera Pérez ©. Con la tecnología de Blogger.